2. LAS FUNCIONES DEL LENGUAJE

19 09 2007

 

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Si nos preguntamos para qué sirve el lenguaje, de lo anteriormente dicho se obtiene una respuesta que va más allá de lo evidente: el lenguaje sirve para comunicarnos, para referirnos a lo que sea o pueda ser. Por ello, a la función principal del lenguaje se le llama comunicativa o referencial, función que está presente en todos los procesos en que se produzca la comunicación humana lingüística. Pero hemos dicho principal y no exclusiva o única. Sucede muy comúnmente que el mensaje no se refiere o no toma como referente a objetos externos del fenómeno comunicativo, sino que, por el contrario, se orienta hacia el emisor, el receptor, el canal, el código o al mensaje mismo.

Si el mensaje se usa para comunicar algo acerca del emisor, tendrá el lenguaje una función emotiva, como por ejemplo ocurre en la poesía lírica intimista. Cuando lo empleamos para referirnos al receptor, tendremos una función apelativa, muy usada para captar su atención, sobre todo en la oratoria, discursos políticos, publicidad, etc. Puede ocurrir que el emisor piense o tema que el canal esté fallando y, por tanto, la comunicación entonces se refiere a éste, utilizando el lenguaje en su función fática, preguntando o comentando algo al receptor acerca del medio que la sostiene físicamente. Supongamos ahora que el mensaje se utiliza para decir algo que informe, oriente, corrija o explique acerca del código, manteniendo la seguridad de que no se altera el mensaje hasta el punto de salirse de los márgenes de la propia lengua; en este caso hacemos uso de la función metalingüística, mediante la cual el emisor toma como referente la lengua o código que tiene en común con el receptor. Nuestro mejor ejemplo no puede ser otro que una clase de lengua.

Por último, cabe la posibilidad de que el mensaje sea tan especial y elaborado que llame la atención sobre sí mismo, que explote todos sus recursos para que no sólo nos fijemos en qué se dice sino en cómo se dice. Se pretende producir un efecto subjetivo, una emoción estética, a través de las formas de la lengua que podemos usar intensificándolas o transformándolas: podemos aprovechar el parecido entre los significantes de las palabras, la relación entre los significados, alterar la combinación, etc., lo que dará lugar a los diferentes recursos estilísticos, como la aliteración, la anáfora, la metáfora, la metonimia, al hipérbaton, etc. Se trata de la función poética o estética del lenguaje, pero no de una función exclusiva del lenguaje literario. Piénsese en el lenguaje publicitario, en los discursos jurídicos y políticos y, por supuesto, en el habla común: cuando ironizamos, hacemos chistes, hablamos con doble sentido, inventamos motes o nombretes, estamos haciendo uso de esta función poética del lenguaje, aunque no estemos creando poemas.





1. LA COMUNICACIÓN

14 09 2007

Los seres humanos poseemos una facultad que nos distingue del resto de los animales y que nos capacita para crear sistemas complejos de comunicación, así como para enseñárselos a nuestros congéneres o aprenderlos de ellos. Se trata del lenguaje, nuestro instrumento más valioso y el que más usamos durante nuestra vida.

A lo largo de la evolución de nuestra especie, nos fuimos agrupando en sociedades cada vez más complejas, lo que produjo una necesidad de comunicarnos que crecía con el desarrollo de los grupos humanos, el desarrollo de su facultad de construir lenguas y, en fin, el de su inteligencia. De ahí que el lenguaje y las lenguas sean fenómenos sociales, aparecidos como instrumento para responder a las necesidades de comunicación de los grupos humanos.

 

La comunicación

 

La comunicación es un proceso mediante el cual intercambiamos datos, por ello se hacen necesarios, imprescindibles, unos elementos mínimos que intervengan directa o indirectamente para que ese proceso se produzca.

Antes de seguir adelante conviene aclarar que comunicación no es un sinónimo de información: en el proceso comunicativo nos encontramos con mensajes que poseen información, mensajes que resultan redundantes y posibles ruidos que lo dificultan o desvían. Habrá información en un mensaje que ofrezca novedad o presente datos desconocidos, redundancia en datos ya conocidos (pero no menos importantes) y ruido en cualquier factor externo -con independencia de que sea un sonido, una imagen visual, etc.-, que se superponga al mensaje transmitido o comunicado.

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En el proceso del que estamos hablando un sujeto (al menos) codifica un mensaje que transmite a otro o a varios, quien o quienes se encargan de descodificarlo: tenemos entonces un emisor, un mensaje o texto y un receptor que comparten y usan un mismo código. Pero se hacen ineludibles otros dos elementos tanto o más primordiales: un medio que sirva de soporte físico al mensaje, al que llamaremos canal, y una realidad externa o interna, real o posible, que sea el objeto representado por el mensaje, ese algo a lo que se refiere el emisor, el referente o contexto. Si nos fijamos en la palabra representado debemos percatarnos de que la comunicación es, finalmente, un fenómeno de representación de una realidad, una sustitución de un objeto por otro que lo traslada de la mente del emisor a la del receptor, tanto si ese objeto está presente como si no.

Como ejercicio que ayude a la comprensión de estos elementos intentemos imaginar una comunicación sin emisor, sin receptor, sin mensaje, usando códigos y canales diferentes y objetos desconocidos para cualquiera de los dos sujetos.