Los signos son realidades que representan a otras. De manera artificial o de manera natural, algunos estímulos aprendidos por nuestra propia experiencia o por la experiencia ajena, suscitan en nuestra mente una respuesta asociada en nuestra memoria, de manera que los signos los percibimos como algo en lugar de otro: se produce siempre una representación.
Todos tienen un significante o señal y un significado, unidos de forma inseparable en nuestra mente. A medida que vamos conociendo la existencia y el uso de las unidades de cualquier sistema comunicativo, se producen asociaciones indisolubles entre los significantes y sus correspondientes significados.
Según la relación establecida entre señal y significado, se distinguen tres tipos de signos:

Indicios: existe una relación de causa-efecto entre el significante y el significado (1). Son de carácter natural y en la mayoría de los casos el hecho comunicativo no es intencional.
Iconos: se produce una relación de parecido o similitud entre el significante y el significado (2). En este caso hablamos de signos artificiales o creados por personas y en ellos se produce una intencionalidad muy marcada, porque, dada la facilidad de su aprendizaje o interpretación, se aprovechan para producir mensajes de aviso, riesgo, alarma, propaganda, etc.
Símbolos: NO hay ninguna relación entre significante y significado (3). Son artificiales e intencionales, pero por lo antes dicho, requieren de un aprendizaje en muchos casos exhaustivo, por la complejidad de sistemas que conforman y por la variación que producen los factores subjetivos, culturales, históricos, idiomáticos, etc.